Dejar la patria, el lugar de pertenencia, los afectos, las costumbres, los paisajes...todo duele. Es un tema que conmueve y que lo padecen quienes tienen que vivirlo. Y si además del profundo dolor que deja la herida de la distancia hay que soportar el maltrato, la discriminación, ...no quiero pensar cuánto se sufre.
Ayer fueron nuestros abuelos que, con el corazón lastimado por la partida y la incertidumbre de no saber si habría un reencuentro con los que quedaban dejaron su tierra y emprendieron viaje. Con una valija repleta de ilusiones y esperanzas como único equipaje y a la vez, único sostén que mantenía la fuerza para partir a la aventura de lo desconocido. Y llegaron a esta Argentina, que adolece de muchas cosas, pero desborda de espíritu solidario y abre sus puertas al mundo.
Distintas causas motivan el desarraigo: búsqueda de trabajo, exilios por razones políticas, étnicas, religiosas, etc, recorrer nuevos horizontes ...pero la consecuencia es siempre la misma...la nostalgia por lo que queda y se lleva en corazón.

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