Hay arbustos erguidos, desafiantes que antes los días de lluvia, de fuertes ciclones, de tormentas, caen despedazados, inertes, incapaces de retornar jamás.

Los hay corpulentos, ostentosos, que parecen hechos de una sola pieza, raíz desde la profundidad hasta la copa. Afrontan tormentas, tambalean, se desgajan y pierden hojas, pero permanecen en pie, esperando mejor tiempo para reconstruirse. Y si se parten, por esa misma herida florecen al llegar la primavera!

También los hay siempre enredados en otros, ahogando, absorbiendo la savia que circula y los jugos que los nutren. Y suben cada vez más alto pero siempre trepados.

Y los hay libres, que necesitan estar solos con su tierra, su humedad, su sol. Eso les basta.

Unos que se inclinan al paso de cualquiera, perfuman siempre y parecen que viven arrullando. Otros, en cambio, son ásperos duros, punzantes, acercarse es un peligro.

Los hay con bellos frutos, pero necesitan abono, rayos tibios, agua refrescante. Si los trasplantas mueren.

Otros casi no necesitan nada para dar muestras de su presencia y sorprenden que casi sin cuidado tengan una viva y hermosa fronda.

Cuando se llenan de frutos, algunos los bajan para que los disfruten todos, otros los suben y cubren de follaje y acaban pudriéndose.

Es la viña del Señor! ¡ Son las almas de los hombres! Y para todos hay en este vasto campo una rosa de felicidad.

"Brotes” -Zenaida Bacardí de Argamasilla